El ruido en la Plaza Mayor era ensordecedor, una sinfonía caótica de pisadas humanas, campanas distantes y el incesante aleteo de cientos de aves peleando por las migajas del mediodía. Para la inmensa mayoría de la bandada, aquel estruendo era la melodía de la supervivencia, el ritmo frenético de un día normal. Para Yonnalma, sin embargo, era un ruido blanco que le perforaba la cabeza y le oprimía el pecho.
Estaba posada en el borde de la fuente central, a escasos centímetros del agua que reflejaba un cielo plomizo. Apenas había dejado atrás el plumón de la infancia; sus plumas blancas ya tenían la firmeza de la juventud, esa etapa en la que, se suponía, debía comerse el mundo. A su alrededor, las palomas de su misma edad ya ensayaban sus primeros arrullos de cortejo, hinchando el pecho con orgullo y persiguiéndose entre los adoquines con una energía inagotable. Vivían con una prisa feroz, ansiosas por reclamar su lugar en la plaza.
Yonnalma, en cambio, no se movió.
Sintió el roce áspero del ala de un joven macho que pasó volando a ras de su cabeza, cegado por la urgencia de alcanzar un mendrugo de pan. El viento del movimiento le alborotó el plumaje inmaculado, pero ella ni siquiera parpadeó. El hambre estaba ahí, un leve pinchazo en el estómago, pero la apatía pesaba muchísimo más. Observó el trozo de pan que había rodado hasta quedar a un palmo de sus garras. Solo tenía que estirar el cuello. Solo tenía que hacer lo que se suponía que debía hacer. En lugar de eso, giró la cabeza y miró su propio reflejo en el agua temblorosa.
¿Qué le pasaba? Esa era la pregunta que martilleaba su mente día y noche. Aunque, si era sincera consigo misma, la pregunta no era nueva. Llevaba tanto tiempo sintiéndose así que ya no sabía distinguir dónde terminaba esa bruma pesada y dónde empezaba ella misma.
Desde que dio sus primeros saltos torpes fuera del nido, Yonnalma se había sentido como una espectadora en su propia vida. Mientras las demás crías aprendían a pelear por las semillas con una ferocidad instintiva, ella se quedaba paralizada, abrumada por la agresividad del mundo. Nunca había entendido la obsesión por acumular, la competencia constante, la necesidad de ser la más rápida o la más ruidosa. Llevaba toda su corta vida sintiendo que le habían entregado un guion escrito en un idioma que no podía leer.
Cerró los ojos y rebuscó en su interior, intentando encontrar un momento, por pequeño que fuera, en el que no se hubiera sentido tan rota. Y ahí estaba. Muy al fondo de su memoria, casi oculto por el polvo del tiempo, latía un recuerdo difuso. Era de cuando era apenas un polluelo, antes de que sus ojos terminaran de abrirse al inmenso mundo de la plaza. Recordaba el calor oscuro y seguro bajo el ala de su madre, el olor a piedra antigua y a paja seca en la grieta del campanario. Recordaba una sensación de ingravidez, de paz absoluta. En aquel entonces no había expectativas. No tenía que ser rápida, no tenía que ser gris, no tenía que encajar. Solo tenía que existir.
Ese recuerdo era su único tesoro, pero también su mayor tortura. Porque le demostraba que, alguna vez, la vida no había dolido. Le confirmaba que la paz existía, aunque ahora le pareciera una leyenda inalcanzable.
Abrió los ojos de nuevo y la realidad de la plaza la golpeó. Se miró las plumas blancas, tan distintas al gris uniforme y tornasolado de sus compañeras. En esa etapa donde todos buscaban desesperadamente mimetizarse con el grupo, pertenecer a la masa, ella era un faro deslumbrante. Su blancura la hacía destacar a la vista de los humanos y de los depredadores, un cartel luminoso que gritaba: «Aquí hay alguien diferente». Y ella odiaba ser diferente. Quería ser invisible.
—El problema soy yo —se dijo a sí misma, un pensamiento que le pesó más que el plomo—. Todo está bien a mi alrededor. Ellas son felices. Ellas saben cómo vivir. Yo nací defectuosa.
La culpa comenzó a trepar por sus patas hasta anidar en su garganta, asfixiándola. Se sentía profundamente desagradecida. Se odiaba por no poder disfrutar de la juventud que le hervía en las venas. La apatía la estaba devorando por dentro, secando su energía. No entendía por qué, para ella, la vida exigía un esfuerzo titánico, mientras que para las demás fluía como el agua de la fuente. Acicalarse le parecía una tarea hercúlea; volar hasta la cornisa donde pasaban la noche se había convertido en una cordillera insuperable.
Se pasaba las horas observando a los humanos caminar por la plaza. Los veía pasar en grupos, a los adolescentes riendo a carcajadas, empujándose, compartiendo un código secreto que a ella se le escapaba. Se preguntaba si entre toda esa gente habría alguien que también se sintiera así: atrapado en un cuerpo joven pero con un cansancio de mil años en el alma. Alguien que sonriera por fuera mientras por dentro gritaba en silencio.
El anciano del abrigo raído que había lanzado el pan se sacudió las manos y se alejó arrastrando los pies. La bandada juvenil, al ver que la fuente de alimento se había agotado, comenzó a dispersarse, alzando el vuelo en una explosión de vitalidad y ruido.
Yonnalma se quedó sola en el borde del agua.
El frío del mármol se colaba por sus garras, pero no hizo ademán de buscar refugio. Se sentía anclada al suelo. Estaba en el punto negativo uno de su vida. Ni siquiera estaba en la línea de salida para convertirse en adulta; sentía que había retrocedido hacia un agujero negro. La tristeza que la envolvía no era un llanto desesperado, era una niebla densa y constante que lo difuminaba todo, robándole los colores a la mañana y la fuerza a sus alas jóvenes.
Miró el cielo encapotado. A lo lejos, un grupo de aves migratorias cruzaba el gris trazando una formación perfecta. Iban hacia alguna parte. Tenían un destino. Sabían quiénes eran. Yonnalma bajó la cabeza, escondió el pico bajo su ala izquierda y cerró los ojos. Deseó poder fundirse con la piedra de la fuente y dejar de sentir esa agotadora sensación de ser el único engranaje roto en un mundo que giraba demasiado deprisa. No sabía qué buscaba. Solo sabía una cosa con dolorosa certeza: no recordaba cómo se sentía estar viva, y le aterraba la idea de pasar el resto de su existencia sintiéndose un fantasma dentro de su propio plumaje.
El reflejo de nuestro día a día
Hay una creencia silenciosa e injusta que nos dice que la juventud es sinónimo automático de alegría, de energía desbordante y de tener el mundo a nuestros pies. Pero, a veces, es precisamente en esas etapas tempranas —cuando se supone que debemos definir quiénes somos y encajar en un grupo— cuando la soledad golpea con más crudeza. Sentir que no pertenecemos, no como una racha pasajera, sino como un estado que nos ha acompañado «desde siempre», genera una de las culpas más pesadas que puede cargar el ser humano.
Nos convencemos de que nacimos con una pieza faltante. Miramos a nuestro alrededor, vemos a los demás avanzar con aparente facilidad y concluimos: «El problema soy yo». Sin embargo, llevar toda la vida sintiéndote fuera de lugar no significa que estés roto. A menudo, significa que tu sensibilidad, tu ritmo y tu esencia no resuenan con el entorno en el que te ha tocado crecer. Conservar un mínimo recuerdo, un destello lejano de paz interior, es tu instinto recordándote que la tranquilidad existe. No eres un error del sistema por no saber vivir como los demás te exigen; simplemente, aún no has encontrado el cielo en el que tus alas blancas tengan sentido.

