La tarde estaba terminando cuando Yonnalma abandonó la Plaza Mayor. Las últimas personas recogían lentamente sus pertenencias, los comerciantes bajaban las contraventanas de madera con ese estruendo seco que marcaba el final de la jornada y las sombras de los edificios comenzaban a alargarse hasta fundirse unas con otras. El agua de la fuente continuaba brotando con idéntico ritmo, ajena al paso de las horas y a los pensamientos de quienes se detenían frente a ella.
Yonnalma permaneció unos instantes inmóvil antes de marcharse.
Miró el borde de piedra donde había pasado buena parte del día y sintió una extraña resistencia a alejarse de allí. No porque quisiera quedarse, sino porque tampoco encontraba un motivo para regresar al campanario. Durante unos segundos comprendió que no existía ningún lugar al que realmente deseara volver. La plaza la agotaba. El nido tampoco le ofrecía aquello que buscaba. Se limitaba a ser el lugar donde terminaban los días para comenzar otros exactamente iguales.
Terminó emprendiendo el camino sin haber tomado realmente la decisión.
Podría haber levantado el vuelo. Desde la fuente hasta el viejo campanario apenas había unos minutos para una paloma joven y sana. Sin embargo, caminó despacio entre los adoquines, dejando que cada paso prolongara un poco más aquel tránsito entre el bullicio de la plaza y la quietud de las alturas. Había descubierto, hacía ya tiempo, que caminar le permitía observar detalles que desde el aire desaparecían bajo la velocidad del vuelo.
La ciudad parecía otra cuando el sol comenzaba a ocultarse.
Las fachadas de piedra adquirían un tono dorado que solo duraba unos pocos minutos antes de apagarse definitivamente. Las ventanas iban encendiéndose una tras otra, como si cada casa despertara una pequeña estrella en su interior. Desde una calle cercana llegaba el aroma cálido del pan recién salido del horno. Más adelante, una anciana barría con paciencia la entrada de su vivienda mientras un niño intentaba alcanzar con las manos las últimas hojas secas que el viento hacía girar alrededor de una farola. Todo sucedía con una lentitud que durante el mediodía parecía imposible.
Yonnalma observaba aquellas escenas con una mezcla de curiosidad y distancia. Le gustaba contemplar a los humanos. Llevaba haciéndolo desde que era un polluelo y nunca había dejado de preguntarse cómo sería habitar aquel mundo inmenso que ellos parecían recorrer con tanta naturalidad. A menudo los veía reír, discutir, abrazarse o caminar completamente solos sin que eso pareciera preocuparles demasiado. Siempre había imaginado que los humanos debían de poseer algún conocimiento secreto sobre la vida, una certeza que les permitía avanzar sin cuestionarse continuamente si pertenecían o no al lugar que ocupaban.
Sin embargo, aquella tarde ni siquiera ellos consiguieron distraerla de sus propios pensamientos.
La soledad de la plaza seguía caminando a su lado.
Al principio había creído que aquel vacío era exactamente lo que necesitaba. Después de soportar durante horas el revoloteo constante de la bandada, el silencio había parecido un regalo inesperado. No había empujones. Nadie peleaba por un trozo de pan. Ninguna otra paloma invadía su espacio. Durante unos instantes había sentido cómo su cuerpo dejaba de mantenerse en tensión.
Pero aquella sensación apenas había durado unos minutos.
El silencio, cuando se prolongó demasiado, comenzó a adquirir un peso distinto. Ya no era descanso. Era ausencia.Aquello la desconcertaba profundamente.
Toda la tarde había deseado quedarse sola. Sin embargo, cuando por fin lo consiguió, descubrió que tampoco era capaz de sentirse bien. Era como si su corazón hubiera aprendido a encontrar motivos para sufrir en cualquier escenario posible.
Mientras caminaba, una idea comenzó a abrirse paso lentamente entre las demás.
Quizá nunca había existido un lugar adecuado para ella.
La plaza la sobrepasaba.
La soledad la consumía.
La compañía la agotaba.
El silencio terminaba por asustarla.
¿Qué quedaba entonces?
Sintió una punzada de rabia hacia sí misma.
No era una rabia explosiva. Era un enfado silencioso, construido durante años de pequeñas decepciones acumuladas. Le molestaba profundamente no entenderse. Le molestaba observar cómo las demás palomas parecían desenvolverse con absoluta naturalidad mientras ella convertía cada situación cotidiana en una batalla contra su propia cabeza.
«¿Qué es lo que quieres?»
La pregunta apareció con una claridad inesperada.
Continuó caminando.
«¿Qué es exactamente lo que estás buscando?»
No supo responder.
Hasta ese momento siempre había pensado que la respuesta era sencilla: deseaba que el mundo dejara de empujarla constantemente. Pero aquella tarde había comprobado que, incluso cuando el mundo guardaba silencio, la inquietud seguía allí, sentada a su lado.
Por primera vez comenzó a sospechar que la respuesta no era tan simple como había creído.
Y aquella posibilidad la asustó todavía más.
Porque si el problema no era únicamente la plaza…
¿Dónde debía buscar entonces?
El campanario apareció finalmente al final de la calle, elevándose sobre los tejados con la misma solemnidad con la que había presidido la ciudad durante generaciones enteras. Las piedras oscuras conservaban todavía el calor acumulado durante el día y las campanas permanecían inmóviles, recortadas contra un cielo que comenzaba a llenarse de las primeras estrellas.
Yonnalma desplegó las alas y emprendió un vuelo corto hasta una de las cornisas.
Las demás palomas ya ocupaban sus lugares habituales. Algunas terminaban de acicalarse antes de dormir. Otras intercambiaban arrullos apagados que apenas rompían el silencio del campanario. Todo parecía seguir un orden invisible que nunca cambiaba.
Ella atravesó aquel pequeño mundo sin llamar la atención de nadie y se dirigió hasta el rincón donde había nacido.
Su nido seguía exactamente igual que aquella mañana.
Las mismas ramas entrelazadas.
La misma paja seca.
La misma pequeña grieta de la piedra por donde, cuando llovía con fuerza, se filtraban algunas gotas de agua.
Durante muchos años había pensado que aquel lugar representaba la seguridad. Allí había aprendido a abrir las alas, había escuchado por primera vez las campanas de la ciudad y había dormido protegida bajo el cuerpo cálido de su madre.
Sin embargo, mientras se acomodaba lentamente entre las ramas, comprendió que los lugares también cambiaban sin moverse.
El nido ya no era un refugio.
Solo era un lugar conocido.
Y, a veces, ambas cosas estaban muy lejos de significar lo mismo.
Se acomodó despacio sobre la paja, plegando las alas con ese movimiento casi automático que había repetido miles de veces desde que aprendió a regresar sola al campanario. El hueco entre las piedras conservaba todavía el calor del día y el viento apenas conseguía colarse entre las gruesas paredes de la torre. Desde allí arriba, la ciudad parecía haberse olvidado del bullicio que horas antes llenaba la Plaza Mayor. Las calles iban apagándose una tras otra y las voces de los últimos viandantes llegaban hasta el campanario convertidas en un murmullo lejano, tan difuso que resultaba imposible distinguir una palabra de otra.
Yonnalma levantó ligeramente la cabeza para contemplar el cielo.
Las nubes que durante la mañana habían cubierto la ciudad comenzaban a abrirse, dejando aparecer pequeñas islas de estrellas entre el gris todavía persistente. Siempre le había gustado aquel instante del día. No porque le produjera una felicidad especial, sino porque durante unos minutos el mundo parecía olvidar las prisas. Incluso las campanas permanecían en silencio, como si ellas también necesitaran descansar antes de anunciar una nueva hora.
Sin embargo, aquella paz exterior seguía sin encontrar un lugar donde posarse dentro de ella.
Había recorrido el camino de vuelta esperando que la distancia le ayudara a ordenar sus pensamientos. No había ocurrido. Las preguntas seguían exactamente donde habían nacido, dando vueltas sobre sí mismas con una insistencia agotadora.
¿Por qué necesitaba alejarse de la bandada si después sufría cuando la plaza quedaba vacía?
¿Por qué deseaba estar sola y, cuando finalmente lo conseguía, aquella misma soledad terminaba oprimiéndole el pecho?
Intentó imaginar qué habría sentido cualquiera de las otras palomas si hubiera permanecido en la fuente después de que el resto levantara el vuelo. Seguramente habrían aprovechado aquel silencio para descansar unos minutos antes de regresar al campanario. O quizá ni siquiera le habrían dado importancia. La vida, para ellas, parecía transcurrir sin necesidad de analizar cada emoción, cada pensamiento o cada pequeño cambio de ánimo.
Aquella facilidad siempre le había parecido casi un milagro.
En cambio, ella era incapaz de vivir un solo día sin convertirlo en una sucesión interminable de preguntas.
Cerró los ojos.
Durante unos segundos intentó concentrarse únicamente en su respiración, siguiendo el movimiento tranquilo con el que el aire llenaba y vaciaba su pequeño pecho. Recordó vagamente el sonido del agua de la fuente, el roce del viento entre las plumas y el aroma húmedo de la piedra después de la lluvia. Buscó, con un esfuerzo casi desesperado, aquella paz lejana que recordaba de cuando apenas era un polluelo escondido bajo el ala de su madre.
No consiguió encontrarla.
Aquella sensación pertenecía a un tiempo que parecía no existir ya en ninguna parte.
Una idea comenzó entonces a abrirse paso entre las demás con una claridad que la hizo estremecerse.
Quizá no era el mundo lo que había cambiado.
Quizá era ella.
Tal vez había dejado atrás aquella tranquilidad para siempre y lo único que le esperaba era aprender a convivir con aquella inquietud constante, como quien acepta una vieja cicatriz que nunca termina de desaparecer.
La resignación comenzó a extenderse lentamente por su interior.
Era una sensación peligrosa.
Mucho más que la tristeza.
La tristeza todavía dejaba espacio para el deseo de que las cosas fueran distintas. La resignación, en cambio, empezaba a convencerla de que nada podía cambiar.
«Quizá simplemente soy así.»
El pensamiento apareció sin violencia.
Casi con dulzura.
Y precisamente por eso resultó mucho más difícil apartarlo.
Permaneció inmóvil durante largo rato.
Las demás palomas habían ido cayendo poco a poco en el sueño. De vez en cuando alguna emitía un leve arrullo o cambiaba ligeramente de postura, haciendo crujir la paja del nido. Eran sonidos pequeños, cotidianos, tan familiares que apenas llamaban la atención de Yonnalma.
Hasta que dejó de reconocerlos.
No supo exactamente cuándo ocurrió.
Al principio creyó que una de las palomas se había movido entre sueños.
Después pensó que quizá el viento había encontrado alguna rendija nueva entre las piedras.
Pero aquello no se parecía a nada de lo que hubiera escuchado antes.
Era un roce suave.
Lento.
Como el sonido que produciría una gran tela al deslizarse sobre otra.
No provenía del exterior.
Tampoco del interior del campanario.
Era un ruido extraño, amortiguado, como si existiera al otro lado de una pared demasiado gruesa para dejarlo pasar con claridad.
Yonnalma abrió los ojos.
El campanario permanecía inmóvil.
Las sombras seguían ocupando los mismos rincones.
Las demás palomas continuaban dormidas.
Contuvo la respiración.
El sonido desapareció.
Esperó unos segundos sin moverse.
Nada.
Solo el silencio de siempre.
Bajó lentamente la cabeza, convencida de que el cansancio comenzaba a jugar con sus sentidos.
Sin embargo, justo cuando volvió a cerrar los ojos, sintió algo todavía más desconcertante.
Una presión ligera envolvió su cuerpo durante apenas un instante.
No era el peso del viento.
Tampoco el contacto de otra paloma.
Era una sensación cálida, blanda y envolvente, como si algo enorme descendiera sobre ella con infinita delicadeza para cubrirla por completo.
Duró apenas el tiempo de un latido.
Después desapareció.
Yonnalma levantó la cabeza de golpe.
El aire seguía siendo frío.
Las estrellas continuaban allí.
Nada había cambiado.
Miró alrededor buscando una explicación.
No encontró ninguna.
Durante unos segundos llegó a preguntarse si estaría enfermando. Nunca había experimentado algo parecido. Aquellas sensaciones no pertenecían al mundo que conocía y, sin embargo, habían resultado demasiado reales para atribuirlas únicamente al cansancio.
Intentó convencerse de que todo había sido producto de su imaginación.
«Hoy ha sido un día demasiado largo.»
Aquella explicación le pareció suficiente.
O, al menos, fue la única que consiguió encontrar.
Se acomodó de nuevo sobre la paja y escondió lentamente el pico bajo el ala izquierda.
El sueño comenzó a llegar ahora con una suavidad distinta, como si el propio cuerpo hubiera decidido rendirse antes que la mente.
Justo en el instante en que la conciencia empezaba a desdibujarse, cuando los pensamientos perdían ya la forma de las palabras para convertirse únicamente en sensaciones, creyó percibir, muy lejos de allí, una respiración lenta y profunda.
No era la respiración de ninguna paloma.
Era más pausada.
Más pesada.
Más amplia.
Duró apenas un instante.
Después desapareció igual que había llegado.
Yonnalma ya no abrió los ojos.
El cansancio terminó por vencer cualquier intento de comprender lo ocurrido.
Mientras el sueño la envolvía por completo, una última idea atravesó su mente antes de desaparecer entre la oscuridad.
Quizá existían preguntas para las que todavía era demasiado pronto.
Y, por primera vez desde que había comenzado aquel extraño día, decidió permitirse quedarse dormida sin intentar responder ninguna de ellas.
El Reflejo de nuestro día a día
A veces creemos que entendernos consiste en encontrar respuestas inmediatas. Nos exigimos saber por qué sentimos lo que sentimos, por qué unas situaciones nos agotan y otras nos entristecen, por qué reaccionamos de una manera que ni nosotros mismos comprendemos. Sin darnos cuenta, convertimos cada emoción en un problema que debe resolverse cuanto antes.
Sin embargo, hay etapas de la vida en las que las preguntas llegan mucho antes que las respuestas. Y eso no significa que estemos perdidos. Significa, simplemente, que estamos creciendo hacia un lugar que todavía no alcanzamos a ver.
Quizá la mayor muestra de confianza en uno mismo no sea tener todas las certezas, sino aceptar que algunas respuestas necesitan el tiempo que nosotros todavía no somos capaces de concederles. A veces, el primer paso no consiste en comprenderlo todo, sino en dejar de castigarnos por no comprenderlo todavía.

